Desde hace tiempo observo con tristeza (y, no lo voy a negar, mucha bronca) cómo la sociedad en la que vivo se vuelve cada vez más creyente (y crédula).
Sin ir más lejos, hace pocos días, la Universidad Nacional de Río Cuarto prestó sus instalaciones para una reunión de unos 2000 supersticiosos «jóvenes franciscanos». Pocas cosas se me ocurren que puedan distar más del objetivo de una Universidad pública y, sin embargo, a nadie pareció importarle (seguramente, porque se trata de una rama de la «religión oficial«, cosa que todavía existe en la Argentina).
Pensando en esta lamentable, perniciosa y peligrosa tendencia, me puse a buscar entre varios documentos que tenía archivados y decidí publicar la traducción de un excelente artículo escrito por el filósofo Sam Harris, que reproduzco a continuación.