Sobre la libertad de expresión y el «discurso de odio»

Participación de Christopher Hitchens en el debate organizado por el Hart House Debating Club de la Universidad de Toronto: «Sea resuelto: la libertad de expresión incluye la libertad de odiar», en el año 2006.

A continuación, la transcripción completa.

¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego! Lo escucharon. No lo he gritado en un teatro lleno de gente, ciertamente. Me percato ahora que parece que lo he gritado en el comedor de Hogwarts. Pero he marcado el punto. Todos conocen el fatuo veredicto del muy sobrevalorado juez Oliver Wendell Holmes quien al pedírsele un ejemplo de cuándo sería apropiado limitar un discurso o definirlo como una acción, dio ese de gritar «fuego» en un teatro repleto. Muy a menudo se olvida que lo que él hizo en ese caso fue enviar a prisión a un grupo de socialistas de habla yidis —cuya literatura estaba en un idioma que la mayoría de estadounidenses no podía leer— oponiéndose a la participación del presidente Wilson en la Primera Guerra Mundial y a arrastrar a los Estados Unidos a este conflicto sanguinario del cual los socialistas de habla yidis habían escapado huyendo de Rusia. De hecho, se podría argumentar igualmente que los socialistas de habla yidis que fueron encarcelados por el excelente y sobrevalorado juez Oliver Wendell Holmes fueron los auténticos bomberos, los que estaban gritando «fuego» donde realmente había fuego, en un teatro repleto, ciertamente.

¿Y quién va a decidir? Bien, tengan esa pregunta si pueden —damas y caballeros, hermanos y hermanas, espero poder decir camaradas y amigos— en sus mentes. Me eximo de la amable oferta de protección del orador que se ofreció tan generosamente durante la apertura esta noche. Cualquiera que quiera decir algo abusivo sobre o para mí es libre de hacerlo, y de hecho es bienvenido, bajo su propio riesgo. Pero antes de hacerlo, deben haber tomado —como estoy seguro de que todos deberíamos— un breve repaso de los textos clásicos en esta materia, que son la «Areopagítica» de John Milton —»Areopagítica» por la gran colina en Atenas de la discusión y la libre expresión—, la introducción de Thomas Paine a «La edad de la razón» y diría que el ensayo de John Stuart Mill «Sobre la libertad», en los cuales está dicho, de diversas maneras —seré muy atrevido y resumiré a estos tres grandes caballeros de la gran tradición especialmente inglesa de la libertad, de un tirón. Lo que dicen es que no es solo el derecho de la persona que habla a ser escuchada, es el derecho de todos en la audiencia a escuchar y oír. Y cada vez que silencias a alguien, te vuelves prisionero de tu propia acción porque te niegas el derecho de oír algo. En otras palabras, tu propio derecho a escuchar y estar expuesto está tan involucrado en todos estos casos, como lo está el derecho del otro a expresar sus puntos de vista. En efecto, como dijo John Stuart Mill, si todos en la sociedad estuvieran de acuerdo sobre la verdad, la belleza y el valor de una proposición, todos excepto una persona, sería más importante —de hecho, se volvería aún más importante— que ese hereje sea escuchado, porque aún podríamos beneficiarnos de su quizá escandaloso o espantoso punto de vista. En tiempos más modernos creo que esto ha sido mejor expresado por una heroína mía, Rosa Luxemburgo, quien dijo que la libertad de expresión carece de sentido a menos que signifique la libertad de la persona que piensa distinto.

Mi gran amigo John O’Sullivan —ex director del National Review, y creo que probablemente mi amigo católico más conservador y reaccionario— dijo una vez, en un pequeño experimento mental: «Si escuchas al Papa decir que él cree en Dios pensarás, bueno, el Papa está haciendo su trabajo de nuevo hoy. Si escuchas al Papa decir que está empezando a dudar de la existencia de Dios, comienzas a pensar que podría andar en algo». Bueno… Si todos en Norteamérica son obligados a asistir en la escuela a cursos de sensibilización sobre el Holocausto y se les enseña a estudiar la «solución final» —sobre la cual nada se hizo realmente por este país, ni por Norteamérica, ni por el Reino Unido mientras estaba ocurriendo— pero digamos que como compensación por eso, todo el mundo ahora está obligado a tragarse una historia oficial e inalterable y se la enseña como el gran ejemplo moral, el equivalente moral de los elementos moralmente deficientes de la Segunda Guerra Mundial, una forma de calmar nuestra conciencia incómoda acerca de ese combate. Si ese es el caso con todos, como lo es más o menos, y una persona se pusiera de pie y dijera: «¿Saben qué? Este Holocausto, no estoy seguro que ocurriera. De hecho, estoy bastante seguro de que no ocurrió. En realidad, me empiezo a preguntar si lo que pasó es que los judíos provocaron un poco de violencia contra ellos». Esa persona no solo tiene el derecho de expresarse, al derecho a expresarse de esa persona debe otorgársele protección extra. Porque lo que tiene que decir —debe haberle llevado cierto esfuerzo llegar a ello— podría ser, podría contener un grano de verdad histórica. Podría, en todo caso, darle a la gente algo que pensar sobre por qué saben lo que ya creen saber. ¿Cómo sé que sé sobre esto, excepto porque me lo han enseñado y nunca escuché nada más? Siempre vale la pena establecer los primeros principios. Siempre vale la pena decir: «¿Qué harías si conoces a un miembro de la Sociedad de la Tierra Plana?». «Piénsalo, ¿cómo podría probar que la Tierra es redonda?». «¿Estoy seguro sobre la teoría de la evolución? Sé que se supone que es verdad. Aquí hay alguien que dice que no hay tal cosa, que todo es diseño inteligente». «¿Qué tan seguro estoy de mis propios puntos de vista?». No se refugien en la falsa seguridad del consenso y en el sentimiento de que lo que piensan debe estar bien, porque están en la mayoría moral segura.

Uno de los momentos de mayor orgullo en mi vida en el pasado reciente, ha sido la defensa del historiador británico David Irving, quien ahora está en prisión en Austria, por nada más que por el potencial de pronunciar un pensamiento indeseable en suelo austriaco. En realidad no dijo nada en Austria. Ni siquiera fue acusado de decir algo. Fue acusado de quizás planear decir algo que violaría una ley austríaca que dice: «Solo una versión de la historia de la Segunda Guerra Mundial puede ser enseñada en nuestra valiente y pequeña república tirolesa». La república que nos dio a Kurt Waldheim como Secretario General de las Naciones Unidas, un hombre buscado en varios países por crímenes de guerra. Ya saben, el país que tiene a Jörg Heider, el líder de su propio partido fascista, en el gabinete que envió a David Irving a prisión. ¿Saben las dos cosas que hicieron a Austria famosa y le dieron su reputación, por casualidad? Mientras los tengo, espero que haya algunos austriacos aquí para molestarlos. Una pena si no. Pero los dos grandes logros de Austria son haber convencido al mundo de que Hitler era alemán y que Beethoven era vienés. A su orgulloso registro, ahora pueden agregar que finalmente tuvieron el coraje de enfrentar su pasado y encerrar a un historiador británico que no ha cometido crimen alguno, excepto aquellos de pensar y escribir. Y eso es escandaloso. Usualmente no puedo encontrar a alguien que me secunde en esto, pero no me importa. No necesito apoyo. Mi propia opinión es suficiente para mí y reclamo el derecho de defenderla contra cualquier consenso cualquier mayoría, en cualquier lugar, en cualquier momento. Y cualquiera que no esté de acuerdo puede sacar un número, ponerse en la fila… y besarme el culo.

Ahora… No sé cuántos de ustedes no se sienten lo suficientemente maduros para decidir esto por ustedes mismos y piensan que deben ser protegidos de la edición de David Irving de los diarios de Goebbels, por ejemplo —de los cuales he aprendido más sobre el Tercer Reich que estudiando a Hugh Trevor-Roper y A.J.P. Taylor combinados cuando estuve en Oxford. Pero para aquellos que así lo piensen, les recomendaría otro breve curso de revisión. Vayan y vean, no solo la película y la obra, sino que lean el texto de la maravillosa obra de Robert Bolt «Un hombre de dos reinos» —algunos de ustedes ya debieron haberla visto— donde Sir Thomas Moore decide que preferiría morir, antes que mentir o traicionar su fe. Y en cierto momento Moore discute con un particularmente vicioso fiscal cazador de brujas, servidor del Rey, hombre hambriento y ambicioso. Y Moore dice a este hombre: «¿Usted quebrantaría la ley para castigar al Diablo, no?» Y el fiscal, el cazador de brujas, dice: «¿Quebrantarla? La eliminaría, eliminaría cada ley en Inglaterra si pudiera lograr eso, si pudiera capturarlo». Y Moore le dice: «Sí, lo haría, ¿no? Y entonces… cuando arrincone al Diablo y el Diablo voltee para enfrentarlo, ¿a dónde correrá a protegerse? Todas las leyes de Inglaterra han sido eliminadas y aplastadas, ¿quién lo protegerá entonces?». Tengan en mente, damas y caballeros, que cada vez que violen o propongan violar la libertad de expresión de alguien más, en potencia, se están cavando la fosa.

Porque la otra cuestión planteada por el juez Oliver Wendell Holmes es simplemente esta: ¿Quién va a decidir? ¿A quién le otorgan el derecho de decidir qué discurso es nocivo o quién es el orador nocivo, o determinar por adelantado cuáles serán las consecuencias perjudiciales que conocemos con suficiente antelación para prevenir? ¿A quién le darían este trabajo? ¿A quién van a adjudicar el trabajo de ser el censor? ¿No es famosa la vieja historia de que el hombre que tenía que leer toda la pornografía para decidir qué es apto para pasar y qué no lo es, es el hombre más propenso a ser pervertido? ¿Escucharon a algún ponente opuesto a esta moción, tan elocuente que… —uno de ellos lo fue— a quien le delegarían la tarea de decidir por ustedes lo que pueden leer? ¿A quien le darían el trabajo de decidir por ustedes, aliviarlos de la responsabilidad de escuchar lo que podrían tener que escuchar? ¿Conocen a alguien? Levanten la mano. ¿Conocen a alguien a quien le darían este trabajo? ¿Alguien tiene a un nominado? ¿Quieren decir que nadie en Canadá es suficientemente bueno para decidir lo que puedo leer o escuchar? No tenía ni idea. Pero hay una ley que dice que debe existir tal persona. O hay una subsección de alguna ley insignificante que lo dice. Bueno, al demonio con esa ley entonces. Los está invitando a ser mentirosos e hipócritas y negar lo que evidentemente ya saben.

Sobre el instinto censor, sabemos básicamente todo lo que necesitamos saber, y lo hemos sabido por mucho tiempo. Viene de una vieja historia sobre otro gran inglés —lamento sonar tan distintivo en esto esta noche— el Doctor Samuel Johnson, el gran lexicógrafo, autor del primer —compilador, mejor dicho— del primer gran diccionario del idioma inglés. Cuando lo completó, el Doctor Johnson fue esperado por varias delegaciones para felicitarlo, de la nobleza, de los Comunes, de los Lores y también por una delegación de respetables damas de Londres, que lo atendían en sus alojamientos de Fleet Street, y lo felicitaron: «Doctor Johnson» —le dijeron— «estamos encantadas de encontrar que no incluyó ninguna palabra indecente ni obscena en su diccionario». «Damas» —dijo el Doctor Johnson— «las felicito por ser capaces de buscarlas». Cualquiera que pueda entender esa broma —y me complace ver que el 10% de ustedes puede— capta el punto sobre la censura, especialmente sobre «censura previa», como se la conoce en los Estados Unidos, donde está prohibida por la Primera Enmienda de la Constitución. No serán determinadas por adelantado qué palabras son aptas o no. Nadie tiene el conocimiento requerido para tomar esa decisión. Y más aún, uno tiene que sospechar de los motivos de aquellos que lo hagan. En particular, los motivos de aquellos que están decididos a ofenderse, aquellos que irán a través de una casa de tesoros del inglés, como el primer diccionario del Doctor Johnson, en búsqueda de palabras soeces, para satisfacerse a sí mismos y algún instinto sobre el cual prefiero no especular.

Ahora, estoy absolutamente convencido de que la principal fuente de odio en el mundo es la religión y la religión organizada. Absolutamente convencido de ello. Y me alegra que aplaudan porque es un gran problema para aquellos que se oponen a esta moción. ¿Cómo van a prohibir la religión? ¿Cómo van a detener la expresión de la aversión, el odio y el fanatismo religiosos? Hablo como alguien que es un objetivo bastante regular de esto y no solo en una forma retórica. He sido el objetivo de muchas amenazas de muerte. Conozco… A poca distancia de donde vivo actualmente en Washington puedo nombrar dos o tres personas, cuyos nombres probablemente conocen, que no pueden ir a ningún lugar sin personal de seguridad, debido a las críticas que han hecho de un monoteísmo en particular. Y esto es en la ciudad capital de los Estados Unidos. Así que sé de lo que estoy hablando, y también debo hacer notar que la clase de personas que me llaman y dicen saber a qué escuela van mis hijos —y sin duda saben el número de mi casa y adónde vivo— y dicen lo que les van a hacer a ellos, a mi esposa y a mí —a quienes tengo que tomar en serio porque se lo han hecho a personas que conozco—, es justo la gente que buscará la protección de la ley contra los discursos de odio, si digo lo que pienso sobre su religión.

Lo cual voy a hacer ahora. Porque no tengo ningún… No tengo ninguno de los que ustedes llamarían «sesgos étnicos». No tengo rencores de ese tipo. Me puedo rozar con casi cualquier persona de cualquier —por decirlo así— origen, orientación sexual o grupo lingüístico, excepto con gente de Yorkshire, por supuesto —son completamente intratables. Y empiezo a sentirme agraviado por la confusión que se nos impone sobre esto —y hubo algo de eso esta noche— entre creencia religiosa, blasfemia, etnia, profanidad y lo que podríamos llamar «etiqueta multicultural». Es muy común para muchos usar ahora la expresión, por ejemplo, «racismo anti-islámico» como si un ataque a una religión fuera un ataque a un grupo étnico. La palabra «islamofobia», de hecho, ha comenzado a adquirir el oprobio que alguna vez estuvo reservado para el prejuicio racial. Esta es una insinuación muy sutil y desagradable que debe ser enfrentada. Ahora, quién dijo: «¿Qué pasa si Falwell dice que odia a los maricas? ¿Qué pasa si la gente actúa en base a eso?» ¡La Biblia dice que tienen que odiar a los maricas! Si Falwell alega que lo dice porque está en La Biblia, él tiene razón. Sí, quizás haga que la gente salga y usen la violencia. ¿Qué van hacer sobre eso? Se enfrentan a un grupo de personas que dicen: «No pongan sus manos sobre nuestra Biblia o llamamos a la policía del discurso de odio». ¿Qué van a hacer cuando hayan cavado esa trampa para ustedes mismos? Alguien dijo que el antisemitismo y Kristallnacht en Alemania fueron el resultado de diez años de hostigamiento a los judíos. ¿Diez años? Deben estar bromeando. Fue el resultado de dos mil años de cristianismo, basado en un versículo de un capítulo del Evangelio de Juan, que condujo a un pogromo después de cada sermón de Pascua, cada año, durante cientos de años, porque asegura que los judíos demandaron que la sangre de Cristo cayera sobre sus cabezas y las de sus hijos hasta la más remota generación. Esa es la orden y la licencia para —y la incitación a— los pogromos anti-judíos. ¿Qué van a hacer al respecto? ¿Dónde está su insignificante párrafo legal ahora? ¿Dice que el Evangelio de Juan debe ser censurado? ¿Yo —que he leído a Freud y sé cuál es realmente el futuro de una ilusión y sé que la creencia religiosa es imposible de erradicar mientras seamos una estúpida y pobremente evolucionada especie de mamíferos— creo que alguna ley canadiense va a resolver este problema? ¡Por favor! No, el problema es este: nuestros lóbulos prefrontales son muy pequeños, y nuestras glándulas de adrenalina son muy grandes, y nuestros pulgares no están tan opuestos como podrían, y tenemos miedo de la oscuridad, y tenemos miedo de morir, y creemos en las verdades de libros sagrados que son tan estúpidos y tan inventados, que un niño puede —y todos los niños lo hacen, como pueden ver por sus preguntas— ver a través de ellos. Y pienso que la religión debería ser tratada con escarnio, odio y desprecio. Y yo reclamo ese derecho.

Ahora, no demos vueltas. No todos los monoteísmos son exactamente lo mismo en este momento. Están basados en la misma ilusión y han sido plagiados unos de otros, pero hay uno en particular que por el momento plantea una amenaza no solo a la libertad de expresión sino a muchas otras libertades también. Es la religión que exhibe el horrible trío de odio a sí mismo, autojustificación y autocompasión. Estoy hablando del Islam militante. Globalmente es un poder gigantesco, controla una enorme cantidad de riqueza petrolera, muchos países y estados grandes, con una enorme fortuna. Está bombeando la ideología del wahabismo y el salafismo por todo el mundo, envenenando sociedades a donde vaya, arruinando las mentes de los niños, aturdiendo a los jóvenes en sus madrasas, entrenando a las personas en la violencia, haciendo un culto a la muerte, el suicidio y el asesinato. Eso es lo que hace globalmente, es bastante fuerte. En nuestra sociedad se presenta como una minoría atemorizada cuya fe podrías ofender, que merece toda la protección que un grupo pequeño y vulnerable pueda necesitar. Ahora… Hace grandes afirmaciones para sí misma. ¿No es así? Dice que es la revelación final, dice que Dios le habló a un comerciante iletrado en la Península Arábiga, tres veces a través de un arcángel y que el material resultante —que como pueden ver al leerlo, es en gran parte plagiado del Antiguo y Nuevo Testamento, casi todo plagiado, ineptamente, del Antiguo y Nuevo Testamento— debe ser aceptado como una revelación divina, y como la última e inalterable, y aquellos que no acepten esta revelación califican para ser tratados como ganado, infieles, potenciales bienes muebles, esclavos y víctimas. Les diré que no creo que Mahoma jamás escuchara esas voces. No lo creo. Y la probabilidad de que tenga razón, en oposición a la probabilidad de que un pastor… un comerciante que no sabía leer recibiera pedazos del Antiguo y Nuevo Testamento re-dictados por un arcángel, creo me coloca mucho más cerca de la posición de estar objetivamente en lo cierto.

¿Pero quién es el que está bajo amenaza? La persona que difunde esto y dice: «mejor escucho, porque si no estoy en peligro», o yo, que digo: «no, pienso que esto es tan tonto que incluso podrían publicar una caricatura sobre ello». Y se levantan las pancartas, y los alaridos, y los aullidos, y los gritos: «Decapiten a…» —esto es en Londres, esto es en Toronto, esto es en Nueva York, es justo entre nosotros ahora— «¡Decapítenlos! ¡Decapiten a aquellos que caricaturizan al Islam!» ¿Son arrestados por discurso de odio? No. ¿Estaré en problemas por lo que acabo de decir sobre el profeta Mahoma? Sí, quizás lo esté. ¿Dónde están sus prioridades, damas y caballeros? Están entregando lo que es más precioso en su propia sociedad, y lo están entregando sin pelear. E incluso están elogiando a la gente que quiere negarles el derecho a resistirlo. Debería darles vergüenza hacer eso. Aprovechen al máximo el tiempo que les queda. Esto es realmente serio.

Ahora… Si miran hacia donde gusten —porque hemos recibido implicaciones bastante aburridas y enfermizas esta noche sobre nuestra compasión: «qué hay de los pobres maricas, qué hay de los pobres judíos, las desgraciadas mujeres que no pueden soportar el abuso, y los esclavos y sus descendientes, y las tribus que no lo lograron, y la tierra que perdieron?». Busquen adonde quieran la justificación para la esclavitud, la subyugación de la mujer como propiedad, para la quema y las golpizas a homosexuales, para la limpieza étnica, para el antisemitismo, para todo eso, no busquen más allá de un libro famoso que está en cada púlpito en esta ciudad y en cada sinagoga y en cada mezquita. Y luego vean si pueden cuadrar el hecho de que la fuerza que es la principal fuente de odio, es también la principal invocadora de la censura.

Y cuando se den cuenta de que, por lo tanto, esta noche se enfrentan a una gigantesca antítesis falsa, espero que eso no les impida dar a la moción frente a ustedes el rotundo respaldo que merece.

Mil gracias, buenas noches. Mantengan la calma.

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1 Comentarios.

  1. William Christison

    ¡Muchas gracias, Javier! Hace tiempo escuché este brillante discurso de “the Hitch.” Da gusto escucharle de nuevo y ahora con texto en castellano puedo compartirlo con mucha gente. Ha muerto hace mucho tiempo ya pero seguimos echándole de menos y cuanta falta nos hace. Un saludo

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