Desde hace tiempo observo con tristeza (y, no lo voy a negar, mucha bronca) cómo la sociedad en la que vivo se vuelve cada vez más creyente (y crédula).
Sin ir más lejos, hace pocos días, la Universidad Nacional de Río Cuarto prestó sus instalaciones para una reunión de unos 2000 supersticiosos “jóvenes franciscanos”. Pocas cosas se me ocurren que puedan distar más del objetivo de una Universidad pública y, sin embargo, a nadie pareció importarle (seguramente, porque se trata de una rama de la “religión oficial“, cosa que todavía existe en la Argentina).
Pensando en esta lamentable, perniciosa y peligrosa tendencia, me puse a buscar entre varios documentos que tenía archivados y decidí publicar la traducción de un excelente artículo escrito por el filósofo Sam Harris, que reproduzco a continuación.
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Un manifiesto ateo
Traducción de Fernando G. Toledo y J.C. Álvarez.
En algún lugar del mundo un hombre ha secuestrado a una niña. Pronto va a violarla, torturarla y matarla. Si una atrocidad de este tipo no estuviera ocurriendo en este preciso momento, sucederá en unas pocas horas, como máximo unos días. Tanta es la confianza que nos inspiran las leyes estadísticas que gobiernan las vidas de 6 mil millones de seres humanos. Las mismas estadísticas también sugieren que los padres de esta niña creen que en este preciso momento un Dios todopoderoso y amoroso cuida de ellos y su familia. ¿Tienen derecho a creer esto? ¿Es bueno que crean esto?
No.
La integridad del ateísmo está contenida en esta respuesta. El ateísmo no es una filosofía; ni siquiera es una visión del mundo; es un rechazo a desmentir lo obvio. Desafortunadamente, vivimos en un mundo en el cual lo obvio es, por principio, pasado por alto. Lo obvio debe ser observado y reobservado y discutido. Ésta es una tarea ingrata. Se la toma con un aura de petulancia e insensibilidad. Es, más que nada, una tarea que el ateo no desea.
Aunque resulta menos notorio, nadie necesita identificarse a sí mismo como un no-astrólogo o un no-alquimista. Consecuentemente, no tenemos palabras para la gente que niega la validez de esas pseudodisciplinas. En el mismo sentido, «ateísmo» es un término que no debería existir. El ateísmo no es más que el ruido que la gente razonable hace cuando se topa con el dogma religioso. El ateo es simplemente una persona que cree que los 260 millones de estadounidenses (el 87% de la población) que dicen no tener dudas sobre la existencia de Dios deberían estar obligados a presentar pruebas de su existencia, e incluso, de su benevolencia, dada la imparable destrucción de seres humanos inocentes de la que somos testigos a diario.
Nada más que el ateo advierte cuán sorprendente es nuestra situación: la mayor parte de los nuestros cree en un Dios que, bajo todo concepto, es igual de fantástico que los dioses del Olimpo; nadie, sea cuales fueren sus capacidades, puede ocupar un cargo público en los Estados Unidos sin suponer que ese Dios existe; y muchas de las cosas que pasan en la política pública en este país se deben a tabúes religiosos y supersticiones propias de una teocracia medieval. Nuestra realidad es abyecta, indefendible y horrorosa. Sería graciosa, si las consecuencias no fuesen tan graves.
Vivimos en un mundo donde todas las cosas, buenas y malas, acaban destruidas por el cambio. Los padres pierden a sus hijos y los hijos a sus padres. Los maridos y esposas se separan por un instante, y nunca se vuelven a ver. Los amigos se despiden con prisa, sin saber que será la última vez que lo hagan. Esta vida, cuando se la mira en su totalidad, se aparece como poco más que un vasto drama de la pérdida. La mayoría de las personas, sin embargo, imaginan que hay una cura para esto. Si vivimos correctamente –ni siquiera éticamente, sino dentro de los parámetros de ciertas creencias antiguas y conductas esterotipadas– obtendremos todo lo que queramos después de que hayamos muerto. Cuando caigan finalmente nuestros cuerpos, simplemente nos desharemos de nuestro lastre corporal y viajaremos a una tierra en la que nos reuniremos con todos los que amamos cuando estábamos vivos. Por supuesto, la gente demasiado racional y demás chusma quedará excluida de este sitio feliz, y aquéllos que suspendieron su increencia mientras vivían serán libres para disfrutar de sí mismos por toda la eternidad.
Vivimos en un mundo de sorpresas inimaginables –desde la energía de fusión que irradia el sol a la genética y las consecuencias evolutivas de estas luces que bailan por eones desde el Oriente– y todavía el Paraíso conforma a nuestros intereses más superficiales con la comodidad de un crucero por el Caribe. Esto es asombrosamente extraño. Alguien que no lo conociera pensaría que el hombre, en su miedo a perder todo lo que ama, ha creado el cielo, junto con su Dios guardián, a su imagen y semejanza.
Considérese la destrucción que el huracán Katrina dejó en Nueva Orléans. Más de un millar de personas murieron, decenas de miles perdieron todas sus posesiones terrenas y cerca de un millón fueron desposeídas de su hogar. Con seguridad, se puede decir que casi todos los que vivían en Nueva Orléans en el momento del desastre del Katrina creía en un Dios omnipotente, omnisciente y compasivo. ¿Pero qué estaba haciendo Dios mientras un huracán devastaba su ciudad? Seguro que oía la plegarias de los viejos y las mujeres que huían de la inundación hacia la seguridad de sus azoteas, sólo para terminar ahogándose más lentamente. Eran personas de fe. Eran buenos hombres y mujeres que habían rezado durante todas sus vidas. Sólo el ateo ha tenido el coraje de admitir lo obvio: esa pobre gente murió hablándole a un amigo imaginario.
Claro, había advertencias de que una tormenta de proporciones bíblicas sacudiría Nueva Orléans, y la respuesta humana al desastre posterior fue trágicamente ineficaz. Pero fue ineficaz sólo bajo la luz de la ciencia. Los indicios del avance del Katrina fueron sacados de la muda Naturaleza mediante cálculos meteorológicos e imágenes satelitales. Dios no le cuenta a nadie sus planes. De haberse confiado los residentes de Nueva Orléans en la caridad del Señor, no se habrían enterado de que un huracán asesino se abatiría sobre ellos hasta que hubieran sentido las primeras ráfagas del viento sobre sus rostros. A pesar de todo, según una encuesta del Washington Post, un 80% de los sobrevivientes del Katrina aseguraban que el suceso había reforzado su fe en Dios.
Mientras el Katrina devoraba Nueva Orléans, cerca de mil peregrinos chiítas morían al derribarse un puente en Iraq. No caben dudas de que esos peregrinos creían poderosamente en el Dios del Corán: sus vidas estaban organizadas alrededor del hecho indubitable de su existencia; sus mujeres caminaban con el rostro velado delante de él; sus hombres se mataban regularmente unos a otros en nombre de interpretaciones enfrentada de su palabra. Sería de destacar si un solo de los sobrevivientes de esta tragedia perdiera su fe. Lo más probable es que los sobrevivientes imaginen que han sido resguardados por la gracia de Dios.
Sólo el ateo reconoce el infinito narcisismo y el autoengaño de los que se salvaron. Sólo el ateo comprende cuán moralmente despreciable es que los sobrevivientes de una catástrofe se crean salvados por un Dios amoroso mientras que este mismo Dios ahogaba a los niños en sus cunas. Debido a que se niega a tapar la realidad del sufrimiento del mundo con el disfraz de una fantasía de vida eterna, el ateo siente hasta en los huesos cuán preciosa es la vida, y al mismo tiempo cuán desafortunados sos esos millones de seres humanos que sufren el más terrible ataque a su felicidad sin ninguna razón valedera.
Uno se pregunta cuán vasta y gratuita tiene que ser una castástrofe para que alcance a a sacudir la fe del mundo. El Holocausto no lo consiguió. Tampoco lo habría hecho el genocidio en Ruanda, ni aunque sus perpetradores fuesen sacerdotes armados con machetes. Quinientos millones de personas murieron de viruela durante el siglo XX, casi todos niños. Los caminos de Dios son, sin duda, inescrutables. Pareciera que cualquier hecho, no importa cuán infeliz sea, puede ser compatible con la fe religiosa. En materia de fe, hemos decidido no tener los pies en la Tierra.
Por supuesto, la gente de fe asegura que Dios no es responsable del sufrimiento de la humanidad. Pero, ¿cómo podemos entender que se afirme que Dios es a la vez omnisciente y omnipotente? No hay otro modo, y es tiempo de que los seres humanos razonables lo asuman. Es el viejo problema de la teodicea, claro, y deberíamos considerarlo resuelto. Si Dios existe, pues no puede hacer nada por detener las más descomunales calamidades o no le importa hacerlo. Dios, por consiguiente, o es impotente o es malvado. Los lectores piadosos ejecutarán ahora la siguiente pirueta: Dios no puede ser juzgado por las simples reglas humanas de moralidad. Pero, obviamente, las simples reglas humanas de moralidad son precisamente las que primero usan los fieles para establecer la bondad de Dios. Y cualquier Dios que se preocupara por algo tan trivial como un matrimonio gay o el nombre por el que debe ser mencionado en una plegaria, no es tan inescrutable después de todo. Si existiera, el Dios de Abraham no sería solamente indigno de la inmensidad de la creación, sería indigno de cualquier hombre.
Hay otra posibilidad, claro, y es la más razonable y la más odiosa: el Dios de la Biblia es una ficción. Como Richard Dawkins ha observado, todos somos ateos con respecto a Zeus y a Thor. Sólo el ateo ha concluido que el dios bíblico no es diferente. Consecuentemente, sólo el ateo es lo suficientemente compasivo como para tomarse en serio la hondura del sufrimiento mundial. Es terrible que todos vayamos a morir y perder cada cosa que amamos; es doblemente terrible que tantos seres humanos sufran sin necesidad mientras viven. Buena parte de ese sufrimiento puede ser directamente atribuido a la religión –a los odios religiosos, las guerras religiosas, las ilusiones religiosas (religious delusions) y las diversiones religiosas de escasos recursos–, y es lo que convierte al ateísmo en una necesidad moral e intelectual. Es una necesidad, de todos modos, que desplaza al ateo hacia los márgenes de la sociedad. El ateo, por el mero hecho de estar en contacto con la realidad, termina lleno de vergüenza al no tener relación con la vida de fantasía de sus vecinos.
La naturaleza de la creencia
Según varias encuestas recientes, el 22% de los americanos están totalmente convencidos de que Jesús volverá a la Tierra algún día de los próximos 50 años. Otro 22% cree que lo anterior es bastante probable. Seguramente este mismo 44% de americanos son los que van a la iglesia una vez por semana o más, que creen literalmente que Dios prometió la tierra de Israel a los judíos, y que quieren prohibir la enseñanza del hecho biológico de la evolución a nuestros hijos. Como bien sabe el Presidente George W. Bush, los creyentes de esta categoría constituyen el segmento más cohesionado y motivado del electorado americano. Por consiguiente, sus opiniones y prejuicios influyen en casi todas las decisiones de importancia nacional. Los políticos liberales parecen haber extraído una lección incorrecta de estos acontecimientos y han vuelto su mirada hacia las Escrituras, preguntándose cómo podrían congraciarse con las legiones de hombres y mujeres de nuestro país que votan en gran parte basándose en el dogma religioso. Más del 50% de los americanos tiene una opinión «negativa» o «sumamente negativa» de la gente que no cree en Dios; el 70% piensa que es muy importante que los candidatos a la presidencia sean «firmemente religiosos». La irracionalidad se encuentra ahora en ascenso en los Estados Unidos: en nuestras escuelas, en nuestros tribunales y en cada rama del gobierno federal. Sólo el 28% de los americanos cree en la evolución; el 68% cree en Satán. Una ignorancia de tal calibre, concentrada tanto en la cabeza como en el vientre de una superpotencia sin rival, representa actualmente un problema para el mundo entero.
Aunque sea bastante fácil para la gente de buen tono criticar el fundamentalismo religioso, la llamada «moderación religiosa» todavía disfruta de un prestigio considerable en nuestra sociedad, incluso dentro de la torre de marfil. Lo anterior resulta irónico, ya que los fundamentalistas tienden a hacer un uso de sus cerebros más basado en principios que los «moderados». Aunque los fundamentalistas justifiquen sus creencias religiosas con pruebas y argumentos extraordinariamente pobres, al menos intentan dar una justificación racional. Los moderados, en cambio, generalmente no hacen más que citar las consecuencias benéficas de la creencia religiosa. En lugar de decir que creen en Dios porque ciertas profecías bíblicas se han cumplido, los moderados dirán que ellos creen en Dios porque esta creencia «da sentido a sus vidas».
Cuando un tsunami mató a cien mil personas el día siguiente al de Navidad, los fundamentalistas interpretaron fácilmente este cataclismo como una prueba de la ira de Dios. Al parecer, Dios había enviado otro mensaje oblicuo a la humanidad sobre los males del aborto, la idolatría y la homosexualidad. Aunque moralmente obscena, esta interpretación de los acontecimientos es hasta cierto punto razonable, aceptando determinadas suposiciones (absurdas). Los moderados, en cambio, rechazan extraer cualquier conclusión sobre Dios a partir de sus obras. Dios sigue siendo un perfecto misterio, una mera fuente de consuelo que es compatible con la existencia del mal más desolador. Ante desastres como el tsunami asiático, la piedad liberal es apta para producir las más afectadas y pasmosas tonterías imaginables. Así y todo, los hombres y mujeres de buena voluntad prefieren habitualmente tales vacuidades a la moralización y profetización odiosas de los creyentes auténticos. Ante las catástrofes, sin duda es una virtud de la teología liberal que ésta enfatice la piedad sobre la ira. Vale la pena señalar, sin embargo, que es la piedad humana lo que se revela –no la de Dios– cuando los cuerpos hinchados de los muertos son devueltos por el mar. Cuando miles de niños son arrancados simultáneamente de los brazos de sus madres y ahogados en el mar durante días, la teología liberal debe revelarse como lo que es –el más vacuo y estéril de los pretextos mortales. Incluso la teología de la ira tiene más mérito intelectual. Si Dios existe, su voluntad no es inescrutable. Lo único inescrutable en estos hechos terribles es que hombres y mujeres neurológicamente sanos puedan creer lo increíble y pensar que esto es la cumbre de la sabiduría moral.
Es completamente absurdo sugerir, como hacen los religiosos moderados, que un ser humano racional pueda creer en Dios simplemente porque esta creencia le hace feliz, porque alivia su miedo a la muerte o porque otorga sentido a su vida. La absurdidad se hace obvia en el momento en que cambiamos la noción de Dios por alguna otra proposición de consuelo: imaginemos, por ejemplo, que un hombre desea creer que existe un diamante enterrado en algún lugar de su patio trasero, y que este diamante es del tamaño de un refrigerador. Sin duda, se sentirá extraordinariamente bien al creer esto. Imaginemos qué pasaría entonces si ese hombre siguiera el ejemplo de los religiosos moderados y mantuviera dicha creencia en términos pragmáticos: cuando se le pregunta por qué piensa que hay un diamante en su patio trasero y que además ese diamante es miles de veces mayor que ningún otro que haya sido descubierto, el hombre dice cosas como las siguientes: «Esta creencia da sentido a mi vida», o «Mi familia y yo disfrutamos cavando para encontrarlo los domingos», o «Yo no querría vivir en un universo donde no hubiera un diamante enterrado en mi patio trasero y que fuera del tamaño de un refrigerador». Claramente estas respuestas son inadecuadas. Pero son peores que eso. Son las respuestas de un loco o de un idiota.
Aquí podemos ver por qué la apuesta de Pascal, el «salto de fe» de Kiergegaard y otros esquemas epistemológicos fideístas no tienen el menor sentido. Creer que Dios existe es creer que uno se encuentra en alguna relación con su existencia, tal que dicha existencia es ella misma la razón de la creencia de uno. Debe haber alguna conexión causal, o al menos una apariencia de ésta, entre el hecho en cuestión y la aceptación de ese hecho por parte de la persona. De este modo, podemos ver que las creencias religiosas, para ser creencias sobre cómo es el mundo, deben ser tan probatorias en el ámbito del espíritu como en cualquier otro ámbito. Pese a todos sus pecados contra la razón, los fundamentalistas religiosos entienden lo anterior; los moderados –casi por definición– no lo entienden en absoluto.
La incompatibilidad entre la razón y la fe ha sido un rasgo evidente de la cognición humana y del discurso público durante siglos. Una persona debe tener buenas razones para sostener firmemente lo que cree o lo que no cree. Las personas de todos los credos generalmente reconocen la primacía de las razones, y recurren al razonamiento y a las pruebas siempre que pueden. Cuando la indagación racional apoya el credo, aquélla siempre es defendida; cuando representa una amenaza, es ridiculizada, a veces en la misma frase. Sólo cuando las pruebas favorables a una doctrina religiosa son escasas o inexistentes, o hay una evidencia aplastante en su contra, sus defensores invocan la «fe». Es decir, los fieles simplemente citan los motivos para defender sus creencias (por ejemplo, «el Nuevo Testamento confirma las profecías del Antiguo testamento», «yo vi la cara de Jesús en una ventana», «rezamos, y el cáncer de nuestra hija comenzó a retroceder»). Tales razones son generalmente inadecuadas, pero son mejores que ninguna razón en absoluto. La fe no es más que la licencia que la gente religiosa se otorga a sí misma para seguir creyendo cuando las razones fallan. En un mundo fragmentado por creencias religiosas incompatibles entre sí, en una nación que se encuentra cada vez más sometida a concepciones propias de la Edad de Hierro acerca de Dios, el final de la historia y la inmortalidad del alma, esta lánguida división de nuestro discurso en asuntos de razón y asuntos de fe es sencillamente inadmisible.
La fe y la sociedad buena
La gente de fe afirma regularmente que el ateísmo es responsable de algunos de los crímenes más espantosos del siglo XX. Aunque sea cierto que los regímenes de Hitler, Stalin, Mao y Pol Pot eran irreligiosos en diversos grados, no eran especialmente racionales. De hecho, sus declaraciones públicas eran poco más que letanías de ilusiones: ilusiones sobre la raza, la identidad nacional, la marcha de la historia o los peligros morales del intelectualismo. En muchos sentidos, la religión fue directamente culpable incluso en estos casos. Consideremos el Holocausto: el antisemitismo que construyó pieza a pieza los crematorios nazis era una herencia directa del cristianismo medieval. Durante siglos, los alemanes religiosos habían visto a los judíos como la peor especie de herejes, y habían atribuido todos los males sociales a su presencia continuada entre los fieles. Mientras en Alemania el odio a los judíos se expresaba de un modo predominantemente secular, la demonización religiosa de los judíos continuó existiendo en Europa. (El propio Vaticano perpetuó el libelo de la sangre en sus publicaciones, en una fecha tan tardía como 1914.)
Auschwitz, el Gulag y los campos de la muerte no son ejemplos de lo que ocurre cuando la gente se hace demasiado crítica con las creencias injustificadas; al contrario, estos horrores son un testimonio de los peligros que conlleva el no pensar lo bastante críticamente sobre ideologías seculares específicas. Por supuesto, un argumento racional contra la fe religiosa no es un argumento para abrazar ciegamente el ateísmo como dogma. El problema expuesto por el ateo no es otro que el problema del dogma mismo (del que toda religión participa en grado extremo). No existe ninguna sociedad en la historia escrita que haya sufrido porque su gente se volviera demasiado razonable.
Aunque la mayor parte de los americanos creen que deshacerse de la religión es un objetivo imposible, la mayor parte del mundo desarrollado ya lo ha conseguido. Cualquier relato sobre un supuesto «gen divino», el cual sería responsable de que la mayoría de los americanos organicen desvalidamente sus vidas alrededor de antiguas obras de ficción religiosa, debe explicar por qué tantos habitantes de otras sociedades del Primer Mundo parecen carecer de dicho gen. El nivel de ateísmo existente en el resto del mundo desarrollado refuta cualquier argumento según el cual la religión es de algún modo una necesidad moral. Países como Noruega, Islandia, Australia, Canadá, Suecia, Suiza, Bélgica, Japón, Países Bajos, Dinamarca y el Reino Unido se encuentran entre las sociedades menos religiosas de la Tierra. Según el Informe de Desarrollo Humano 2005 de las Naciones Unidas, dichos países son también los más sanos, como indican las medidas de esperanza de vida, alfabetismo adulto, ingresos per cápita, desarrollo educativo, igualdad entre sexos, tasa de homicidios y mortandad infantil. A la inversa, las 50 naciones que ahora se encuentran en el escalafón más bajo en términos de desarrollo humano son fuertemente religiosas. Otros análisis reflejan la misma situación: los Estados Unidos son únicos entre las democracias ricas por su nivel de fundamentalismo religioso y por su oposición a la teoría evolutiva; también son únicos por las altas tasas de homicidio, abortos, embarazos de adolescentes, casos de SIDA y mortandad infantil. La misma comparativa es cierta dentro del territorio de los Estados Unidos: los Estados del Sur y del Medio Oeste, caracterizados por los niveles más altos de superstición religiosa y de hostilidad hacia la teoría evolutiva, están especialmente afectados por los mencionados indicadores de disfunción social, mientras que los estados relativamente seculares del Noreste se conforman más a los estándares europeos. Desde luego, los datos correlacionales de este tipo no resuelven las cuestiones de causalidad –la creencia en Dios puede conducir a la disfunción social; la disfunción social puede dar lugar a la creencia en Dios; cada factor puede fomentar el otro; o bien ambos factores pueden surgir de alguna fuente más profunda de disfuncionalidad. Dejando aparte la cuestión de la causa y el efecto, estos hechos demuestran que el ateísmo es absolutamente compatible con las aspiraciones básicas de una sociedad civil; también demuestran, de manera concluyente, que la fe religiosa no hace nada para asegurar la salud y el bienestar de una sociedad.
Los países con altos niveles de ateísmo también son los más caritativos en términos de prestación de ayuda extranjera al mundo en desarrollo. El dudoso eslabón existente entre el fundamentalismo cristiano y los valores cristianos también es refutado por otros índices de caridad. Consideremos la proporción entre los salarios de los altos ejecutivos y los salarios de los empleados medios: en Gran Bretaña es de 24 a 1; en Francia, de 15 a 1; en Suecia, de 13 a 1; en los Estados Unidos, donde el 83% de la población cree que Jesús literalmente resucitó de entre los muertos, es de 475 a 1. Parece que aquí muchos camellos esperan entrar fácilmente por el ojo de una aguja.
La religión como fuente de violencia
Uno de los mayores desafíos afrontados por la civilización en el siglo XXI es que los seres humanos aprendan a hablar sobre sus intereses personales más profundos –sobre la ética, la experiencia espiritual y la inevitabilidad del sufrimiento humano– de un modo que no sea flagrantemente irracional. Nada obstaculiza más el camino de este proyecto que el respeto que concedemos a la fe religiosa. Doctrinas religiosas incompatibles han balcanizado nuestro mundo en comunidades morales separadas –cristianos, musulmanes, judíos, hindúes, etc.– y estos desacuerdos se han convertido en una fuente continua de conflicto humano. Ciertamente, la religión es hoy en día una fuente activa de violencia, tanto como lo fue en cualquier momento del pasado. Los conflictos recientes en Palestina (judíos contra musulmanes), los Balcanes (serbios ortodoxos contra croatas católicos; serbios ortodoxos contra musulmanes bosnios y albaneses), Irlanda del Norte (protestantes contra católicos), Cachemira (musulmanes contra hindúes), Sudán (musulmanes contra cristianos y animistas), Nigeria (musulmanes contra cristianos), Etiopía y Eritrea (musulmanes contra cristianos), Sri Lanka (budistas cingaleses contra hindúes tamiles), Indonesia (musulmanes contra cristianos timoreses), Irán e Irak (musulmanes chiítas contra musulmanes sunníes), y Cáucaso (rusos ortodoxos contra musulmanes chechenos; musulmanes azerbaijanos contra armenios católicos y ortodoxos) son simplemente algunos ejemplos. En estos lugares, la religión ha sido la causa explícita de literalmente millones de muertos en los últimos 10 años.
En un mundo dividido por la ignorancia, sólo el ateo se niega a rechazar lo evidente: la fe religiosa promueve la violencia humana a un nivel asombroso. La religión inspira la violencia en al menos dos sentidos: (1) a menudo las personas matan a otros seres humanos porque creen que el Creador del Universo quiere que así lo hagan (el corolario psicopático inevitable es que tal acto les asegurará una eternidad de felicidad después de la muerte). Los ejemplos de este tipo de comportamiento son prácticamente innumerables, siendo el más destacado el de los terroristas suicidas jihadistas. (2) Un número cada vez mayor de personas se encuentran inclinadas hacia el conflicto religioso, simplemente porque su religión constituye el corazón de sus identidades morales. Una de las patologías duraderas de la cultura humana es la tendencia a educar a los niños en el temor y a demonizar a otros seres humanos en base a la religión. Muchos conflictos religiosos que parecen motivados por intereses terrenales son, por lo tanto, de origen religioso. (Los irlandeses lo saben muy bien.)
A pesar de todos estos hechos innegables, los religiosos moderados tienden a imaginarse que el conflicto humano siempre puede reducirse a la carencia de educación, a la pobreza o a los agravios políticos. Ésta es una de las muchas ilusiones de la piedad liberal. Para disiparla, sólo tenemos que pensar en el hecho de que los secuestradores del 11-S eran universitarios de clase media-alta que no tenían ninguna historia conocida de opresión política. Sin embargo, habían pasado una cantidad de tiempo excesiva en su mezquita local, oyendo hablar de la depravación de los infieles y de los placeres que esperan a los mártires en el Paraíso. ¿Cuántos arquitectos e ingenieros aeronáuticos deberán volver a estrellarse contra una pared a 400 millas por hora, antes de que admitamos que la violencia jihadista no es un asunto de educación, política o pobreza? La verdad, bastante asombrosa, es la siguiente: una persona puede ser tan culta e instruída como para construir una bomba nuclear, y así y todo creer que obtendrá a 72 vírgenes en el Paraíso para toda la eternidad. Tal es la facilidad con que la mente humana puede ser alienada por la fe, y tal es el grado de acomodación de nuestro discurso intelectual a la ilusión religiosa. Sólo el ateo ha observado lo que ahora debería ser evidente para todo ser humano pensante: si queremos desarraigar las causas de la violencia religiosa debemos desarraigar las falsas certezas de la religión.
¿Por qué la religión es una fuente tan poderosa de violencia humana?
- Nuestras religiones son intrínsecamente incompatibles entre sí. Jesús resucitó de entre los muertos y volverá a la Tierra como un superhéroe, o no; el Corán es la palabra infalible de Dios, o no lo es. Cada religión hace afirmaciones explícitas sobre cómo es el mundo, y la profusión abrumadora de estas afirmaciones incompatibles –que además son dogmas de fe obligatorios para todos los creyentes– crea una base duradera para el conflicto.
- No hay ninguna otra esfera del discurso en la que los seres humanos articulen de manera tan clara sus diferencias mutuas, o en la que expresen estas diferencias en términos de recompensas y castigos eternos. La religión es la única realidad humana en la que el pensamiento nosotros-ellos alcanza una importancia trascendente. Si una persona cree realmente que llamar a Dios por su nombre correcto puede marcar la diferencia entre la felicidad eterna y el sufrimiento eterno, entonces se hace bastante razonable tratar con rudeza a los herejes e incrédulos. Hasta puede ser razonable matarlos. Si una persona piensa que hay algo que otra persona puede decirles a sus hijos que podría poner en peligro sus almas para toda la eternidad, entonces el vecino hereje es en realidad mucho más peligroso que el más sádico violador infantil. Los estigmas de nuestras diferencias religiosas son enormemente más pronunciados que los nacidos del mero tribalismo, del racismo o de la política.
- La fe religiosa es un poderoso obstáculo al diálogo. La religión no es más que el área de nuestro discurso donde las personas se protegen sistemáticamente de la exigencia de aportar pruebas en defensa de sus creencias firmememente sostenidas. Así y todo, estas creencias de las personas a menudo determinan para qué viven, para qué morirán, y –demasiado a menudo– para qué matarán. Éste es un problema muy grave, porque cuando los estigmas diferenciales son muy pronunciados los seres humanos sólo encuentran una opción entre el diálogo y la violencia. Sólo una buena voluntad fundamental de ser razonable –de manera que nuestras creencias sobre el mundo sean revisadas por nuevas pruebas y nuevos argumentos– puede garantizar que sigamos hablando entre nosotros. La certeza sin pruebas es necesariamente divisoria y deshumanizadora. Aunque no existe ninguna garantía de que la gente racional siempre vaya a ponerse de acuerdo, indudablemente la gente irracional siempre estará dividida por sus dogmas.
Parece sumamente improbable que podamos curar los desacuerdos existentes en nuestro mundo simplemente multiplicando las ocasiones para el diálogo interconfesional. El objetivo de la civilización no puede ser la tolerancia mutua de la irracionalidad manifiesta. Aunque todos los partidarios del discurso religioso liberal han acordado pasar de puntillas por aquellos puntos en los que sus visiones del mundo chocan frontalmente, estos mismos puntos seguirán siendo fuentes de conflicto perpetuo para sus correligionarios. La corrección política, por lo tanto, no ofrece una base duradera para la cooperación humana. Si la guerra religiosa debe hacerse inconcebible para nosotros, del mismo modo que ya lo son la esclavitud y el canibalismo, es absolutamente necesario prescindir de todos los dogmas de fe.
Cuando tenemos razones para creer lo que creemos, no tenemos ninguna necesidad de fe; cuando no tenemos ninguna razón, o sólo tenemos malas razones, hemos perdido nuestra conexión con el mundo y con los seres humanos. El ateísmo no es sino un compromiso con el nivel más básico de honestidad intelectual: las convicciones de una persona deberían ser proporcionales a sus pruebas. Pretender estar seguro de algo cuando no se está –en realidad, pretender estar seguro sobre proposiciones para las que ni siquiera es concebible prueba alguna– es un defecto tanto intelectual como moral. Sólo el ateo ha comprendido esto. El ateo es simplemente una persona que ha percibido la mentira de la religión y que ha rechazado convertirla en una mentira propia.
Traducción tomada de Razón Atea. Artículo original en Truth Dig.

No solo los franciscanos, mira lo que tuve que mandar el 3 de septiembre.
Estimada comunidad universitaria:
En el transcurso de esta semana me ha llamado la atención el folleto que adjunto*. Como es el año del bicentenario de Darwin y del 150 aniversario de la publicación de “El Origen de las Especies”[0] y en base al simpático dibujo que se ve por debajo del título de la conferencia, supuse que se trataba de algo relacionado con el evento. A la sazón me pongo a buscar que es el creacionismo en wikipedia y me llevo una flor de sorpresa [1][2], ni que hablar de cuando busco a la persona que viene a dar la charla [3]. En el momento que se debió dictar esa charla yo me encontraba en el Teatrino de la Trapalanda hablando sobre ciencia [4] por lo que no se si realmente se llevó a cabo esa charla en el ámbito de la UNRC o no. Hecha esa salvedad me voy a permitir expresar mi opinión personal respecto de estos hechos.
Si tenemos en cuenta lo que dice el Título preliminar de nuestro estatuto[5] en el tercer párrafo, que copio textual
“En igual sentido, la Universidad debe ser un instrumento apto para proveer la capacidad científica, técnica y profesional necesaria para la transformación del país y la superación de la dependencia, debiendo preservar las formas superiores de la cultura, en particular la autóctona y crear una conciencia nacional. La investigación científica debe ser una actividad fundamental de la Universidad, cuyos planes deberán orientarse especialmente al estudio de los problemas y sus soluciones, en un marco regional consecuente con un desarrollo nacional; sin descuidar por ello la investigación básica orientada a la elaboración posterior de tecnologías y su transferencia, que puedan ser puestas al servicio de las necesidades concretas de la región y del país, a la vez que procure superar la distinción entre trabajo intelectual y manual.”
o en su artículo 1º[6]
“Artículo 1º – La Universidad tiene por función esencial el desarrollo y la difusión de la cultura en todas sus formas a través de la enseñanza superior, la investigación científica, la preparación técnica, la formación profesional y la elevación del nivel ético y estético.”
y cumpliendo con la obligación que como docente me cabe por el Artículo 38[7]
“Artículo 38º – El profesorado tiene como tareas específicas la formación moral, intelectual, científica y técnica de los alumnos, la investigación, la extensión universitaria, y cuando corresponda, la participación en las funciones directivas de la Universidad.”
Como científico y docente no puedo menos que sentirme indignado que en mi ámbito de trabajo se permita la difusión de semejantes patrañas pseudocientíficas basadas en supersticiones propias de la Edad Media y que atacan al método científico en general, a la Teoría de Evolución, a la Teoría de Relatividad General y desafían toda evidencia empírica. Quisiera saber como es que se permitió que se llegara a este punto y quién es el responsable de semejante violación al estatuto universitario y ultraje a todos los que utilizamos el método científico día a día. Quisiera saber también pedirles a la gente de la Peña Universitaria Cristiana (cita en calle Rivadavia 433 tal cual se muestra en su sitio web[8]) que se abstengan de querer mezclar religión y ciencia, no funciona y por lo general sale perdiendo la religión. También sería interesante que como desagravio invitaran al Dr Richard Dawkins [9]10] a dar una charla en su sede.
Disculpen la extensión del correo, pero creo que era necesaria la aclaración
Saludos
Saludos
[0]http://es.wikipedia.org/wiki/Charles_Darwin
[1]http://es.wikipedia.org/wiki/Creacionismo_(desambiguación)
[2]http://es.wikipedia.org/wiki/Creacionismo
[3]http://www.creacionistas.com/about.html
[4]http://www.exa.unrc.edu.ar/page/?actionId=2&info=83951616
[5]http://www.unrc.edu.ar/unrc/institucional_estatuto_titulo_0.htm
[6]http://www.unrc.edu.ar/unrc/institucional_estatuto_titulo_1.htm
[7]http://www.unrc.edu.ar/unrc/institucional_estatuto_titulo_4.htm
[8]http://pucriocuarto.com.ar/
[9]http://richarddawkins.net/
[10]http://es.wikipedia.org/wiki/Richard_Dawkins
—
Lic. Jorge Blengino
Los creacionistas están negando evidencia científica para sustentar un mito de la Edad de Bronce.
Richard Dawkins
Como acá no puedo adjuntar, lo subí a http://img96.imageshack.us/img96/1174/creacionistas.jpg
genial texto!
Creacionistas en la UNRC!!!! Me amargaron la tarde… decí que es Viernes!
Y la comunidad universitaria en silencio…
De todos modos, pensándolo mejor, si hacemos mucho quilombo les hacemos publicidad gratis a la Pastoral Universitaria y a los creacionistas, y encima enseguida se las van a dar de “perseguidos”, que para hipocresías los católicos son imbatibles.
Adhiero plenamente al articulo. Y en adhesion a lo que jorge envio via mail el 03/09 y respondiendo ironicamente a aquel que lo atacaba con la verborragia tipica de los fanaticos, yo envie la siguiente recopilacion de citas:
Va con onda…
“Los que invalidan la razón deberían considerar seriamente si discuten contra la razón con o sin ella; si es con razón, entonces están estableciendo el mismo principio que se afanan por destronar; pero, si discuten sin razón (lo que, a fin de ser coherentes con ellos mismos deben hacer), están fuera del alcance de la convicción racional y tampoco merecen una discusión racional.” —Ethan Allen, Soldado estadounidense que participó en la Guerra Franco-Indígena entre 1754 y 1763
“En realidad, prefiero la ciencia a la religión. Si me dan a escoger entre Dios y el aire acondicionado, me quedo con el aire.” Woody Allen.
“La verdad no demanda creencias. Los científicos no unen sus manos cada domingo, cantando ‘¡Sí, la gravedad es real! ¡Tendré fe! ¡Seré fuerte! Creo en mi corazón que lo que sube tiene que bajar. ¡Amén!’. Si lo hicieran, pensaríamos que están bastante inseguros de ello.” Dan Baker
“He comenzado a adorar el sol por algunas razones. Primero que nada, a diferencia de algunos otros dioses que podría mencionar, puedo ver el sol. Está allí para mí cada día. Y las cosas que me provee son bastante aparentes todo el tiempo: calor, luz, comida, un día hermoso. No hay misterio, nadie pide dinero, no tengo que vestirme bien, y no hay un despliegue de ostentación aburrido. Y además es interesante lo que he encontrado, que las plegarias que le ofrezco al sol y las que antes ofrecía a ‘Dios’ son todas respondidas en la misma proporción aproximada del 50 por ciento.” —George Carlin, (1937-2008) cómico de stand-up comedy, actor y figura de la contracultura
“La religión es probablemente el cuento chino más grandioso jamás contado. Piensen en esto: la religión realmente ha convencido a la gente de que hay un hombre invisible… que vive en el cielo… que observa cada cosa que hacemos, cada minuto de cada día. Y el hombre invisible tiene una lista de diez cosas especiales que no quiere que hagas. Y si haces alguna de estas diez cosas, tiene un lugar especial lleno de fuego y humo y quemazón y tortura y angustia donde va a enviarte para vivir y sufrir y quemarte y atragantarte y gritar y llorar para siempre hasta el fin de los tiempos… pero te ama.” —George Carlin (en “Brain Droppings”)
“Los cielos proclaman la gloria de Kepler y Newton.” —Auguste Comte ((1798-1857), filósofo francés, considerado el fundador del positivismo y de la sociología.)
“Yo no niego a Dios, es sólo que no sé si Dios creó al Hombre o el Hombre creó a Dios.” – —Fedor Dostoievski
“Mediante la lectura de los libros científicos populares pronto llegué a la conclusión de que gran parte de lo que relataban las historias de la Biblia no podía ser cierto. La consecuencia fue mi fanatismo total y excesivo por el pensamiento libre, (…) Dicha actitud no me abandonó nunca (…). No puedo imaginarme a un dios que premia y castiga a los objetos de su creación, cuyos propósitos han sido modelados bajo el suyo propio; un dios que no es más que el reflejo de la debilidad humana. Tampoco creo que el individuo sobreviva a la muerte de su cuerpo: esos no son más que pensamientos de miedo o egoísmo de lo mas ridículo.” – Albert Einstein.
Curiosamente, en el debate de la ciencia y Dios, ninguno respondió a mi mail, en donde daba información sobre importantes científicos de la historia que eran creyentes. Esperaba al menos algo del señor Blengino.
¿Se quedaron sin argumentos definitivamente?
Saludos!
Martin, no se a que debate te estas refiriendo. Me lo debo haber perdido porque estaba leyendo el libro “Why Smart People Believe in Weird Things” de Michael Shermer.
Dos centavos dos:
Pensar que por que una persona respetada es creyente, entonces la religion debe ser cierta es un claro caso de un argumentum ad hominem[0].
Yo no creo en la relatividad por que en ella creia Einstein, creo en ella por que tiene sentido para mi.
Tampoco descreo que a Samantha Farjat le hayan plantado el jarron simplemente por que sea una trabajadora :)
[0]: http://en.wikipedia.org/wiki/Ad_hominem
Señor “Falacia”, parece que su vida gira en torno a Wikipedia. Yo soy creyente, no porque conozco a una persona respetada que es creyente, sino por una cuestión de fe. Fe en el Evangelio, y que Cristo murió y resucitó para salvarnos. Bueno… para salvar a algunos. Otros están destinados a la perdición.
Usted deposita su fe en un ser humano, que está igual de errado que usted. Son cosas muy, pero muy diferentes.
Ahora parece ser, que para ser canchero y machote, hace falta ser ateo. Como que Dios es cosas de viejas, no? Muchos se vanaglorian de no creer en Dios, y están muy orgullosos de eso. Sin embargo no tienen tapujos si deben creer en el Diablo, o perseguir cosas del Diablo. Es increíble, pero creíble…
Saludos!
PD: Sigo esperando un comentario sobre los grandes científicos que eran creyentes. Usted sabe a qué me refiero…
Martín:
> Ahora parece ser, que para ser canchero y machote, hace
> falta ser ateo. Como que Dios es cosas de viejas, no? Muchos
> se vanaglorian de no creer en Dios, y están muy orgullosos
> de eso.
Te pediría que, antes de publicar comentarios, leas el artículo en cuestión.
Con respecto a los comentarios personales con “Falacia”, te ruego que busques otro medio para expresarlos.
Javier, leí el artículo. Por eso escribo.
Bueno, no jodo más. Perdoname por usar tu blog para esto.
Saludos!
Osea que segun tu en una universidad publica todos deben ser ateos, es increible como puedes hacer un comentario tan estupidos, universidad te suena algo con universal o con diversidad de pensamientos?
Que seas ateo lo acepto pero que seas tan estúpido no me lo soporto y después de esto quieren alguien probar que los ateos no son fanáticos?
Alejandro,
O no entendiste o no queres entender… te explico o no? que duda!
Te tiro una linea: en la universidad solo hay lugar para la ciencia, no para la supercheria o la supersticion. Hace ciencia y, seas de la religion que seas o seas ateo, tendras lugar en la universidad.
Polvora en chimangos, anyway…
Este internet-book te podría gustar mucho, que habla de algo muy parecido a lo que planteas:
http://www.oparei.com/get_nota.php?id=39
EL AGNOSTICISMO LIBERADOR
Me quedó la imagen grabada para siempre ! Un padre árabe que alzaba el cuerpecito inerme de su hija, mientras lanzaba un alarido de espanto que nunca olvidaré ! Era un resultado de la guerra árabe-israelí que se desarrollaba en aquel momento, como continuamente sucede ! Recuerdo que en aquel momento musité la ultima oración de creyente que tuve. Dije: “Oh, mi Dios Creador ! Destruye todas las religiones !!.
Hablar de ateísmo no es algo que nos permita avanzar porque si bien coincido que las religiones son formas de manipulación y generadoras de mucho mal y pesar para muchas personas, cuando la argumentación se centra en creer en Dios o no creer en Dios queda hueca de contenido, cómo si dejar de creer en Dios fuese a resolver algo en sí mismo. El tema es construir humanidad, es construir ciudadanía, es construir nuevas personas para una nueva sociedad, hay gente fuera y dentro de las religiones que dan grandes aportes en este sentido. Hay gente para los que su religión apoyan un sistema de creencias y valores que les llevan a ser mejores ciudadanos, mejores personas, más solidarios y responsables, y hay gente para los que precisamente iniciar el camino de conciencia constructiva surge de rebelarse contra los dogmas religiosos de su entorno. Hablar en forma despectiva de quién sigue el sistema de creencias de una religión es tan negativo como quien trata de forma despectiva a quién no cree, el tema en buena medida es irrelevante, y la forma de entenderlo no es oponerse frontalmente porque esto no es sino una fuente generadora de violencia, como la que se critica, sino en buscar entender y fluir con las creencias religiosas, en su dimensión cultural que es real y tangible, y en reconocer que si bien no hay pruebas determinantes para probar la existencia de Dios, tampoco las hay para negarla, y que si bien no hay un Dios que debería dedicar su tiempo a rescatar niñas de violaciones, si que hay una inteligencia profunda inherente en toda existencia y vida, inteligencia que se desentraña parcialmente con la ciencia, y desde donde la ciencia no para de descubrir más y más incógnitas irresolutas. Y el problema de la violencia contra niñas y niños, ¿no es un problema humano?, de organización social, de educación, de sistemas de valores, reflejo de desordenes económicos, de desordenes psicológicos, todas estas cuestiones tan humanas, si hubiese un Dios, ¿porqué tendría que intervenir?, las corrientes de pensamiento más sublimes, más intensas, poéticas, filosóficas, incluso de nuevas concepciones de la religión, ¿no operan en otros niveles de conciencia? ¿no perciben muchas especies animales con sus sentidos sensaciones que nos resultan incomprensibles, pero que son reales y hasta científicamente verificables?. El problema con Dios no será que en lugar de ser una estatua que vayamos a querer erigir o derrumbar en nuestro interior con fines decorativos, es algo que cada quién tiene la responsabilidad de construir, como también vale la pena construir conocimiento sobre ciencias, tecnología, madurez ante los hechos significativos de la vida, etc. Es mejor caer, de cualquier manera, en el espacio de las dudas razonables.
Francisco:
Esta afirmación tuya está basada exclusivamente en fe:
“si que hay una inteligencia profunda inherente en toda existencia y vida.”
Y te lleva a conclusiones sin base como esta:
“”El problema con Dios (…) es algo que cada quién tiene la responsabilidad de construir”
Por eso, por que no se puede razonar sobre la fe (solo se puede creer), es que el razonamiento cientifico debe quedar para las ciencias y en las universidades tiene que haber solo ciencia, no fe. La fe es algo personal, no deben utilizarse las instituciones cientificas para su difusion.
Francisco, muy bueno tu razonamiento. Coincido en casi todo lo que has dicho.
Ricardo, si en la universidad sólo hay lugar para la ciencia, estamos hasta las manos, brother…! La mente abierta es algo más que la ciencia.
Saludos!
Martín:
> Ricardo, si en la universidad sólo hay lugar para la ciencia,
> estamos hasta las manos, brother…! La mente abierta es
> algo más que la ciencia.
Precisamente, Martín, la ciencia se basa en una “mente abierta” a la experimentación y a la evidencia (ya sea que apoye o refute una teoría). Una “mente abierta” científica no se apoya en dogmas (“lo escrito”), sino que siempre deja abierta la posibilidad de la refutación de una teoría.
Ahora bien, “mente abierta” no es la “new age”, ni el creacionismo (porque la biblia lo dice), ni la fé en mitos (por milenarios que estos sean). Alguien que acepta cualquier afirmación sin más fundamentos que una historia mitológica, más que una “mente abierta” parece tener abierta la cavidad craneal, con lo que eso implica.
Javier, experimentación y evidencia es algo que los Cristianos tenemos. Que sea evidente para los no creyentes, es otra cosa. Para nosotros, Cristo no es un mito, y la Biblia no es dogma, porque todo el que estudie la Biblia, tiene la libertad y obligación de cuestionarse. El buen estudioso de la Biblia, debe saber de historia, de arqueología, de química, de geología.
No es casual que el cuerpo humano tenga la misma proporción de agua que la Tierra, y la misma proporción de los minerales que tiene la Tierra, como está demostrado.
No es casual que los antiguos profetas supieran de la redondez de la Tierra muchísimos cientos de años antes que Colón.
La lectura del sólo primer capítulo de la Biblia (Génesis 1), si lo analizás con cuidado, puede darte muchas pistas acerca de factores astronómicos que tuvieron lugar en la Creación.
Para darte una pista sobre lo que es un dogma, ya que veo que el concepto no te es muy claro:
Para los católicos, la Virgen María es la Reina de los Cielos, y según ellos, ella no murió sino que ascendió en cuerpo al Cielo. Quién dijo eso? Por qué debemos creerlo? Porque sí. Eso te enseñan los católicos, y debés creerlo. Claro, en la Biblia que ellos manejan (que es la misma que yo) no hay nada que apoye esas cosas, pero no importa. Hay que creerlo. Eso es un dogma.
El catolisismo es una de las religiones más contaminadas, ello por culpa de Constantino, que quizo aunar a los Cristianos con las religiones paganas de Egipto y alrededores, para tener más poder sobre todos ellos y dejar a todos contentos. Lamentablemente, la gente desprestigia a Dios por culpa de estas cosas sin sentido.
Saludos!