Las palabras no tienen “sexo” sino “género“. Al menos eso aprendí de chiquito en la escuela. Pero algo parece haber cambiado, ahora parece ser que el género de las palabras denota el sexo de los objetos que estas denominan; y esto, claro está, va a contramano de la nueva corriente de “igualdad por la fuerza“.
Así es que nos encontramos por todas partes con “presidentes” y “presidentas“, “concejales” y “concejalas“. A nadie parece molestarle, por ejemplo, que la palabra “persona” tenga género femenino. Al menos por ahora…
¿Cuál es la clave del problema? Aclarando que mi única experiencia con el idioma castellano es haberlo hablado más de 30 años (y alguna vez haber tenido que repetir de memoria la conjugación de algún verbo irregular), voy a intentar explicar el origen del equívoco.
El género de una palabra no hace referencia al sexo del objeto que denota (si este lo tuviere), sino que es solamente una categoría gramatical. En el contexto de una frase, el género del elemento primario actúa como una restricción sobre los elementos subordinados a él. (Esto es lo que nos impide escribir “la cielo estaba nublada y oscuro”.)
Debemos notar además, que hay palabras que no tienen género. Un ejemplo simple es “residente“: la persona (hombre o mujer) que reside en un lugar. Su género es neutro: bien podemos hablar de “el residente“, como de “la residente“. Justamente, la aberración lingüística que se está generalizando por estos tiempos, nos llevaría a hablar de “la residenta” (y para ser algo más coherentes, aunque sigamos destruyendo el idioma, deberíamos hablar de “el residento“). Pensar en esto debería hacer que cualquiera se mordiera la lengua al tratar de decir “la presidenta“. (Si no ve lo grueso del error, intente encontrar alguna diferencia gramatical entre “residir” y “presidir“.)
De la misma manera, cuando hablamos de una persona, ésta (note el género femenino) bien puede ser un hombre. Los hombres también son personas (no son “personos“), y esto nada dice de su condición sexual biológica (mucho menos de sus preferencias sexuales, o de su rol en la sociedad).
El periodista y novelista Arturo Pérez-Reverte, integrante de la Real Academia Española, ha escrito una muy buena crítica sobre esta deformación ridícula del idioma castellano, titulada “Los miembros y las miembras“. Por contraparte, desde movimientos feministras se impulsa la profundización de la ofensa lingüística. Por ejemplo, Mercedes Bengoechea y Eulalia Lledó (que increiblemente tienen títulos universitarios en letras) proponen esto ya que, según afirman, “hablar no es nunca neutro y las normas de uso defienden la subordinación de las mujeres“. Ahora resulta ser que tenemos un idioma machista y hay que romperlo en pedazos para igualar las condiciones de hombres y mujeres…
Ni los docentes de los distintos niveles educativos parecen darse cuenta (¿qué nos queda para las personas comunes y corrientes que poco sabemos de gramática?). Este tema es analizado a fondo (incluyendo la comparación con situaciones similares en otros idiomas) por el Doctor en Lingüística Javier Arias Navarro en su artículo: “Género y arrobas“. Quizás lo más desconcertante es que hasta la Real Academia Española se ha sumado a este ridículo, habiendo aceptado el término “modisto” para denotar a un hombre que fabrica ropa, cuando la terminación “ista” no denota género (quien sigue los designios de la moda es un “modista“, de la misma manera que quien escala los Alpes es un “alpinista” y no un “alpinisto“).
Y claro, luego es común escuchar que cada vez se habla peor, que los jóvenes ya no saben escribir (como si algún efecto ambiental hiciera que las nuevas generaciones se vuelvan cada vez más idiotas). ¿Qué otra cosa podría esperarse, si se sigue destruyendo la gramática del idioma?
Cada vez que escucho decir alguna de estas barbaridades a alguien supuestamente ilustrado (como un periodista, un docente universitario o en el texto de una norma legal) recuerdo las últimas palabras del Emperador romano Julio Cesar, quien al descubrir entre sus atacantes a su hijo adoptivo, estando ya al borde de la muerte sólo pudo decir:
¿Tú también, Bruto?

Absolutamente de acuerdo con vos. No son los únicos horrores lingüísticos que se escuchan a diario, pero el hecho de que sea en los medios donde más se pueden encontrar es terrible. Otro de igual calibre es hijO varón/ hijA mujer, donde el género de la palabra determina el sexo y por tanto resulta una redundancia espantosa.
En cuanto a lo que dicen las filólogas… Un dicho o hecho tonto (Una boludez).-